jueves, 27 de noviembre de 2008

El pez azul

Por Garo

A ella.
Agradecimiento a Carmen.

Él la esperó en el Caffé. Ella adora el café. La propuesta exacta, el vuelo acuoso de los peces azules en el acuario, los automóviles inmóviles, la sonata en el decimocuarto minuto. No llegaba. Él había escrito su mejor poema, aquel que nunca mostraría a sus editores, inexistente, jamás escrito, ya que sólo fue para ella. Ausente el otro lugar de su mesa. Una hora o dos. Las campanas de la catedral anunciaban la medianoche. Ella nunca llegó. ¿Cuántos años? Uno, dos, cinco. Luego, su rostro. Simplemente aquellos poemas que nunca le escribió.

Afuera, inexorable oscuridad que se extendía desvaneciéndolo todo. Alguna vez le dijo que nunca lo olvidaría, que no podría, que la abrazara. Y la abrazó con esa forma que se hace a los veinte años, extrañamente sincera, sin promesas, sin esperar nada, sólo sostenida por la inconsistencia de las palabras. De las efímeras palabras. Y dejó de escribir ya que los signos eran incapaces, impotentes de cualquier construcción léxica, silogismo o argumento lógico de explicación sobre lo inefable.

Y fue feliz. Y pudo decirle que la amaba, como en los cuentos que escribía cuando adolescente, donde sus amadas eran pálidas y tímidas y se marchaban. Ella en cambio se quedó. No podría recordar por cuánto, ni siquiera la calle donde vivía, ni cuál era el número o la dirección postal. Todo había sido transformado por cuatro décadas de ausencias e inevitables viajes literarios. Pero ella dijo que volvería, que regresaría a su ciudad, a la ciudad de ambos. Tal vez sólo quedaba la promesa de tomar café. En ese salón donde podrían observar a los peces volar en cielo acuoso, encontrar el pez azul, exacto, ese animal precioso que era desconocido para la ictiología pero muy dable en sus versos, en los versos de ella. Pues él dejo de escribir poesía. Aunque ahora tenía un poema. Su mejor poema.

Y ella nunca llegará, no leerá el poema, se diluirá. Pues la poesía era sólo un pretexto para olvidar. Para dejar de amar. Como ella a él. Y él a ella. Y se preguntarán ambos: ¿Dónde está el pez azul? Recordarán sus rostros y sólo podrán verse dentro de sus cabezas, los dos con aletas azules, exactas e intangibles.

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