jueves, 27 de noviembre de 2008

El pequeño diente

Este es un texto escrito por un amigo, Jonathan Alvarado, también conocido como Garo, espero les guste

La primera vez que me llevaron a la Dirección de Escuela de Estomatología fue por haberme encontrado leyendo, en clase un libro impropio para un futuro e “intachable” cirujano dentista: la Historia de la filosofía de Julián Marías. Me llevó hasta ahí el intolerante y andropáusico jefe de prácticas. La oficina de la dirección es la más pequeña de todas y muestra en una de sus paredes un viejo cuadro colonial de Santa Apolonia, patrona de la odontología y por cierto, según la leyenda, la santa más sufrida por el dolor de muelas. Detrás del elegante y enorme escritorio, atiborrado por un rascacielo de papeles en desorden, un globo terráqueo y una pequeña estatuilla de Napoleón Bonaparte, estaba él, el director. Era además profesor principal de la excelentísima e inquisidora cátedra de Cirugía Oral y Maxilofacial, único miembro liberteño de la Asociación de Cirujanos Maxilofaciales del Perú y de la Sociedad Científica de Cirujanos Dentistas, ex decano del Colegio Odontológico del Perú, miembro emérito de la Asociación Mundial de Estomatólogos Cristianos y ganador del "Premio Diente de Oro" convocado por la Sociedad Internacional de Cirujanos Maxilofaciales de la Cuenca del Pacífico.

Se llamaba Marco Naporreátegui, pero todos lo conociamos como “Chatanás”, por su escasa estatura y su impredecible y endemoniado carácter. Era famoso por sus asiduas salidas a discotecas en su enorme automóvil - un viejo Ford de ocho cilindros- donde apenas se le podía ver y que alquilaba por las noches para tareas non sanctas; y, sobre todo, por sus romances furtivos con chibolas incautas, a las que seducía ofreciéndoles gratuitamente la última técnica de blanqueamiento dental con ozono o la colocación de brackets invisibles que no estorbaría para nada sus “chapes con lenguado” según les decía sonriendo.

Naporreátegui dio un gran salto desde su silla para llegar al suelo y comenzó un discurso indegerible observando mi ficha llena de reiteradas faltas y conducta sospechosa dentro de la escuela. “Lo he estado observando y ésta no es la primera vez que recibo quejas de usted. Dicen que se cree filósofo o algo así”. Lo miré sin demostrar sorpresa. “Eso es lo que dicen, profesor –le respondí–, pero la verdad son exageraciones”. Naporreátegui enfatizó los valores de la Escuela “científica” de Estomatología y me hizo recordar que estaba prohibido cualquier tipo de literatura ajena a la carrera. Que ahí era innecesario todo lo que se alejara de la epistemología cristiano-odontológica desarrollada en su libro Metodología, ética y buenas costumbres en la obturación de apicectomías, en pacientes mujeres entre los 15 y 20 años de edad . “Libro que por cierto – agregó–, nunca le he visto leer, jovencito” Quedé desconcertado y aún antes de recuperarme de tales imprecaciones, se asomó por encima del escritorio y con su pequeña mano sobre el vientre, exclamó: “Está usted expulsado de la Escuela”.

En ese instante pensé en mi abnegada madre y en mi padre que ahorraba hasta el último centavo de su sueldo para mi futuro consultorio dental, en los cuatro años durante los cuales hice malabares increíbles para seguir con mis “lecturas filosóficas” sin que los profesores incompetentes me desaprobaran . Me quedé petrificado, dentro de una niebla en la que escuchaba los gritos más altaneros de Chatanás ordenando que me retirara y abandonara para siempre la Escuela.

Niebla con olor a nicotina. Era mi amiga y se llamaba Angie, una chica de 19, de minifalda y escotes generosos que resaltaban su exuberante anatomía. Acostumbraba invitarle unos tragos, al final de los cuales siempre me decía “ ¿Y?… ¿Cuándo le damos gusto al cuerpo?” cosa que no pasaba de un par de "chapes" ya que mi economía no alcanzaba para más. Esa noche la encontré en una discoteca céntrica y de sopetón me preguntó por el “Gorgojo erótico”. Sorprendido le pregunté “¿El gorgojo erótico?”. “Claro, tu profe, Naporreátegui. Oye, lo he visto y me parece un tío interesante” “Ya, ya… ¿Con Chatanás?, porque nosotros le decimos así” “Sí, me gustaría salir con tu profe” “Dime por qué… la verdad”. Angie sonrió ampliamente “Es que dicen que por unas cuantas saliditas te pone los brackets gratis”. Me maté de la risa y Angie continuó bailando perdida entre el mar humano de la discoteca.

Chatanás se exasperaba. “ ¡Muévase, jovencito! ¡Retírese!”. Dudé, pero como no tenía nada que perder, serenamente le dije: “Doctor, y si le recomiendo una paciente joven de diecinueve añitos”. La cara de Naporreátegui cambió. Sus ojos se iluminaron y comenzó a sudar. Luego de musitar algunas palabras inconexas, Chatanás sonrió y me invitó a retirarme de su oficina amablemente. “Ya hablamos”, me dijo.

Estoy en clase de cirugía oral. Naporreátegui habla sobre la tracción de dientes retenidos con minimplantes como una de las últimas técnicas de la alta cirugía oral y maxilofacial que suele desarrollar en su consulta privada. Mientras tanto, yo leo impunemente algo sobre la naturaleza del amor, según Julián Marías. El amor –lo que es en verdad el amor– no se refiere a sus cualidades, a los actos, y mucho menos a los sentimientos de la persona amada, sino a su existencia… Y por eso es posible que sobreviva a la persona amada, y entonces ésta pasa a formar parte del ser que ama en el modo concreto de la privación.

Anoche estuve en la discoteca. A pesar de la oscuridad reconocí inmediatamente entre la multitud a Angie. Estaba bailando eufórica el último éxito de Daddy Yankee. Cuando me vio, se puso a dar saltitos de emoción, y se acerco a mí con una amplia sonrisa. Bajo el efecto de las luces psicodélicas, me percate de sus brackets nuevos, coquetos e invisibles.

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